Una habitación sin salida

En el ipod sonaba “Lake of Fire”, la vida que le quemaba a Nirvana. En la calle, sin embargo, el calor del verano aún se hacía esperar. Era extraño, julio, el mes del horno, y Marcos aún dormía con la sábana sobre su cuerpo desnudo. Al amanecer, incluso echaba de menos el edredón o el abrazo de una mujer. Le arañaba la voz de Kurt Cobain en los auriculares, pero en cambio el teléfono seguía callado como una pistola después de ser disparada, a pesar de que hubiera dado su último sueldo por saber que alguien se acordaba de él, que a alguien le importaba qué hacía en aquel preciso instante. ¿Estaba vivo? Hasta hacía un par de semanas, cuando tenía secretaria, el ring ring se le antojaba una tortura. Pero desde que el periódico publicó su cara junto a un titular confuso en el que no quedaba claro si se iba o le echaban, el silencio se había apoderado de la habitación en la que pasaba la tarde tirado sobre la cama, con la televisión encendida pero sin volumen, con un libro caído sobre la alfombra, como si todo empezara o terminara entre aquellas cuatro paredes.

 

La habitación estaba pintada en un tono azul turquesa que alguna vez le pareció tan estimulante como el roce casual de una piel desconocida. Había desechado el blanco neutro, el burdeos agobiante, el gris como una mañana en Heathrow, y al final pensó en la ropa interior de una novia del instituto y eligió el turquesa para recordar aquellas noches en las que follaba sobre la hierba del parque cuando no tuviera nadie que le abrazara si le atenazaba el frío, como hoy, la tarde de un verano que no lo parecía, abandonado sobre la cama. Marcos se había puesto por la mañana unos vaqueros que le quedaban ligeramente largos y una camiseta negra que había encontrado en un cajón del armario. Hacía años que al mirarse al espejo no veía nada diferente a un traje y una corbata. Se sentía extraño, como un salmón en la cesta del pescador, con barba de cuatro días, la música a todo volumen en los oídos -“Next Year, Baby”, canturreaba Jamie Cullum- y la televisión muda, por si alguien hacía algún comentario gracioso sobre su salida del escenario público.

 

A primera hora, Marcos había bajado a por los periódicos, los había leído por encima y luego los archivó junto a los de los días anteriores sobre la mesilla de noche. Encontró un perfil en una página par de la sección de Economía, con una caricatura de un dibujante cuyo estilo no le resultaba familiar y este título: “El futuro del hombre que nunca tuvo futuro”. “Muy ingenioso”, esbozó una sonrisa escéptica. Pero no pasó del primer párrafo. También había comprado un cruasán, una botella de leche y una ensalada preparada de pasta que estaba cuidadosamente guardada en la nevera. No se había encontrado con nadie conocido, y así se había ahorrado las explicaciones. “¡Don Marcos! Lo he sabido por la prensa. Si necesita algo…”, le decían los primeros días. Parecía el pésame en un funeral, la palmada en la espalda. El hombre que en los últimos años siempre aparecía en las listas de los más influyentes de España aceptaba las condolencias con resignación y huía en silencio.

 

Marcos Ruipérez había cumplido cincuenta y cinco años el último día de la primavera, pero las putas a las que llamaba una o dos veces al mes siempre le decían que no los aparentaba. En el gimnasio y en la piscina, una hora cada dos o tres días, se había construido un cuerpo delgado como un presentador de la televisión, levemente musculado y moreno, sobre todo cuando no se olvidaba de utilizar una de esas cremas que hacían el trabajo del sol. Tenía canas en las patillas, pero no estaban allí por casualidad. Desde el flequillo hasta el cuello lucía un negro impecable que nada tenía que ver con el luto, sino con la vitalidad del ejecutivo que tomaba decisiones, que golpeaba con el puño en la mesa, que llamaba a Moncloa -nadie sabía exactamente a quién- sin consultar la agenda, desde un número de la memoria del móvil. Eso era así hasta hacía menos de un mes. Desde entonces no había pasado por la peluquería, y alguna que otra brizna blanca y traicionera empezaba a dar la cara.

 

No tenía planes. En realidad, no le había dado tiempo a hacerlos. El despacho de cien metros cuadrados que había ocupado en los últimos tres años sólo le alentaba a sumar, a abrir sucursales, a meter el miedo en el cuerpo de los directores de área para que cumplieran sus jodidos objetivos, a explorar posibles compras en Iberoamérica o Europa, a manejar en el ordenador el sueldo que no se podía gastar en la vida real. Se levantaba a las seis. Se acostaba no antes de la una de la madrugada. Una ducha de diez minutos, ni nueve ni once, y todavía medio dormido el rito de su uniforme de trabajo: los calcetines ejecutivos, el traje oscuro, la camisa clara, los zapatos de seiscientos euros, un toque de color sin estridencias en la corbata, el maletín con cuatro o cinco dossiers que ojear en el Audi oficial, la Blackberry iluminada. Solía encender la televisión de la habitación, la del hotel correspondiente o la de su casa, quizá para no sentirse solo, o tal vez por si se le había escapado el mundo en las cinco horas de sueño. La CNN o la BBC antes, cuando su fotografía salía todos los días en algún periódico. El resumen de un reality esta tarde de verano, con los tejanos que no estaba acostumbrado a llevar, en el dormitorio turquesa de su casa de la zona noble de Madrid.

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