SMS desde la euforia

Me gustó lo de ayer, pero si me dan a elegir entre una Eurocopa de la Selección o una Champions del Madrid, lo tengo claro: la Champions.

El himno del Real Madrid, por José Mercé

La número 31

Juan Pimentel. “Cuantos menos hombres, mayor será el honor”. La épica de Shakespeare pareció dar aliento a los nuestros en los últimos compases del partido en el Reino de Navarra….

Guti

“El placer me lo da el balón, no la fama ni el dinero. Al balón le debo mi vida“.

Los zurdos

Alfredo Relaño: Algo tienen los zurdos que nadie ha sabido explicarme, que les hace mejores. Las dos mejores piernas que ha dado el fútbol, libra por libra, han sido izquierdas: las de Puskas y Maradona. En el Bernabéu, de donde se acaba de despedir la fabulosa pierna de Roberto Carlos, se teme como a un nublado a la de Messi, y se discute con pasión en torno a la de Guti. Bueno, no se discute sobre la zurda de Guti, más bien sobre el resto de su persona, peinado y tatuajes incluidos. Sobre la zurda de Guti no hay discusión, sino adoración, que forzosamente habrá de crecer a partir de los lujazos que nos regaló ayer.

Guti

Juan Pimentel: Guti dibuja unas diagonales mortales, la deja pasar cuando hay que hacerlo y obedece al sentido de la jugada con naturalidad y elegancia. Otras veces sucede al contrario, reorienta el sentido del juego y todo comienza a bailar según interpreta él. El fútbol le obedece. Guti tiene una gran visión espacial y en este juego, emparentado con el ajedrez y el billar, dominar el espacio significa mucho. Sin levantar la cabeza, Guti sabe por dónde van y adivina por dónde van a ir todos, balones, amigos y enemigos.

Real Madrid-Atlético: la fuerza del destino

Destino. Por Juan Pimentel

Poco o más bien nada se puede hacer contra él. Su fuerza ha sido cantada por bardos y poetas de todas las latitudes. Es la piedra en el zapato de los filósofos del libre albedrío. El dichoso destino. Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos.

Algo de esto debieron de pensar nuestros vecinos cuando volvían cabizbajos del Calderón. Y no les faltaban motivos. Había algo en los astros, en la palma de la mano, el hígado de los patos, el vuelo de las golondrinas o el poso del café que lo anunciaba. Nosotros íbamos con miedo, pero no había pasado ni un minuto y dijimos “ah ya, lo de siempre”.