Relatos

EL HOMBRE SIN RUMBO

El hombre sin rumbo se dejó caer sobre el sofá del salón, cerró los ojos e imaginó el culo redondo y firme que había visto en un cuadro anónimo expuesto en la Frieze Art Fair de Londres. Le gustaba que los culos de mujer se encadenaran a su cabeza, una serie de eslabones que a menudo le ataban, que no le dejaban respirar, confundido por la experiencia. A veces, cuando algún día de otoño llovía en la ciudad seca, se tumbaba sobre la cama y se dejaba envolver por el cloc cloc de las gotas sobre el tejadillo mientras hilaba una historia de sexo anónimo, la polla contra el tragaluz de la desconocida, quizá en los servicios asépticos de la Frieze, cerca de Regent’s Park, o sobre la hierba siempre verde de la ciudad húmeda. En sus sueños siempre se asociaban la lluvia que llena los pantanos y la que se derrama sobre sus dedos, tras alguno de esos viajes que emprendía recostado sobre la almohada. Aquella mañana no se oía un coche en la calle. Silencio y sol. Silencio y cielo azul. Una ligera sensación de frío. El hombre despistado abrió las cortinas del ventanal y se desplomó sobre el sofá, con las nalgas del lienzo en la retina. No tenía que trabajar. El día era una promesa. La Haffner de Mozart le acompañaba en lugar de la brújula que había extraviado. ¿Adónde iba?

EL SUEÑO ES VIDA

Miraba el móvil cada dos minutos, incluso cuando lo dejaba sobre la mesa y estaba completamente seguro de que no se había encendido la pantalla. Miraba el móvil como una tabla de salvación, como un náufrago escruta el horizonte. Podían ser dos almas gemelas, dos supervivientes, uno en la isla desierta, bajo el sonoro silencio, y otro en la ciudad abigarrada y hostil, también gris esta tarde, cuando el cielo se había puesto a mear. Miraba la pantalla minúscula en busca de un guiño, de un beso, como si algún crucero de lujo se fuera a asomar a la bandeja de entrada. Miraba el mar tras la pista de una silueta, de un mascarón, de un abrazo eterno, con las manos en su cintura, en las curvas que cerraban su espalda. El hombre enamorado y el hombre perdido se dejaban acariciar por el mismo atardecer, aunque uno no supiera del otro, tan distantes, en algún lugar impreciso del planeta azul uno y del planeta cemento otro. Pasaban los días con la impaciencia que da la ansiedad. El móvil mudo. La línea del horizonte plana como un burócrata. A veces, se interponían mensajes equivocados. Parpadeaba el Nokia, pero era publicidad de Movistar. Atisbaba un reflejo al despertar de la siesta, pero era la sombra de una nube solitaria. El hombre que miraba el móvil también vigilaba otras pantallas, la del correo electrónico, la del messenger, la del gtalk. Las tenía todas abiertas, como quien llena el desierto de cubos para no desperdiciar ni una gota de agua. En la isla, en cambio, la lluvia aparecía cada media tarde, cálida y violenta. Duraba unos minutos, quizá media hora, y unos segundos después volvían el sol y el cielo azul. Los hombres inquietos se iban tarde a dormir, por si la cara amable de la vida les cogía dormidos. Hasta que, al cabo, les vencía el sueño, o el duermevela…

(El escritor tecleó excitado. Pensó en sus protagonistas, a los que aún no había bautizado. Imaginó que, con los ojos cerrados, el norte sería sur, y las hojas de las hayas permanecerían verdes en otoño. El móvil no necesitaría sonar, porque ella estaría junto a él; y tampoco haría falta que el barco se acercara a la arena abandonada, porque el náufrago ocuparía el mejor camarote exterior).

Ansiosos, los hombres dormidos pensaron que aquellas escenas que parecían tan verosímiles tenían que ser mentira. Se restregaron los ojos… Pero ella seguía acurrucada entre sus brazos, desnuda, y la televisión aún ronroneaba sobre el mueble bar. Se levantaron. Era de día. Hacía al menos dos o tres horas que había amanecido. ¿Era vida o era sueño? Frotaron sus dedos sobre los párpados hasta hacerse daño, hasta que las pupilas viraron al rojo. Y, al volver la luz, la espalda de ella y el camarote lujoso seguían en su sitio. En el océano se escuchó un grito de incredulidad. En la ciudad, él zarandeó a la mujer, que se despertó sin comprender muy bien lo que pasaba. Le sonrió. Le besó dulcemente en la boca. Le dijo “buenos días, amor”.

(El escritor maquiavélico sonrió. En sus manos, el mundo de los sueños era el real, y el real regresaría miserable al apagar la luz de la mesilla, pensó).

Él desconectó el móvil, cerró el ordenador. Él fue al salón del desayuno, al gimnasio del barco, paseó y respiró a pleno pulmón en cubierta. Un poco después de medianoche, ambos se fueron a dormir con la felicidad prendida en los labios.

(El escritor se sirvió un whisky, satisfecho con su creación, con aquel par de personajes imbéciles que, de madrugada, descubrirían el engaño. No sabía que los dos náufragos nunca recordaban sus sueños, sólo sus días, súbito tan distintos).

Una respuesta

  1. “El sueño es vida” me ha encantado. Enhorabuena.

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