Cielo de agosto

Una pareja juega a las cartas con una baraja española (la sota de bastos asoma tras el hombro quemado de la chica); un francés que ríe sin pausa con la “j” y con la “i” lanza a Diego en busca del cielo, primero, y del azul de la piscina, al cabo; una canaria de acento cerrado despacha su cocacola en dos tragos, y una negra quizá británica luce un cuerpo desnudo -atlético, perfecto- mientras pasa distraídamente las quinientas páginas, o así, de un best seller de bolsillo. Hay otros libros sobre las hamacas, todos de un volumen apreciable, y algunas revistas -una de ellas de pasatiempos, otra femenina-, pero ningún periódico, salvo los míos. Veo los auriculares de un mp3 que no es un ipod (noticia), al tiempo que el sol reaparece tras las nubes bajas que cubren el valle de la Orotava, allá lejos. Hace calor, esa clase de manta pegajosa de la que sólo te libras con una zambullida en el frío del Atlántico. En este hotel cuento tres ordenadores, a cuatro euros la hora. Mientras escribo estas líneas insustanciales destinadas al blog del verano, mi vecino de sol no deja de hacer fotos con el móvil, clic, clic, y yo echo la tarde en descifrar una duda banal: ¿cuánto habrán perdido los hoteles en las llamadas de teléfono que ya no se hacen desde las habitaciones? ¿Qué parte del check out se han comido los móviles y los ordenadores, como este Dell configurado con un “teclado english” en el que sufro para escribir en español?